Lucrecia vuelve a su casa y encuentra en la puerta a un hombre moreno, alto y evidentemente extranjero. Debe ser, piensa, de los que llevan maletines con anillos para vender y eso. Lucrecia vive a dos cuadras de la casa de Leandro, frente a su casa hay un prostíbulo pintado de rojo furioso —sin embargo, creo no haber visto jamás a una mujer saliendo de ahí—, tiene un perro y como trescientos gatos adorables. No pudiendo contener sus ansias de ayudar al prójimo, pregunta con una amplia e ingenua sonrisa:
— Hola, yo vivo acá ¿necesitás algo? — ¡Muheres! — ¿Estás buscando a mi mamá? — No, ¡muheres, muheres!, contesta frenético, con los ojos amarillos desbordando de las órbitas y la mano larga extendida señalando la esquina bordó. — ¡Ah! (...) — ¿Cuánto vale?
Demasiado temprano en Barracas, o La Boca. Anoche con insomnio y una película malísima — Beauté volée—girando en torno a una adolescente que no sabe quién es su padre, su madre era poeta y está muerta y su padrastro la envió a un descampado de Italia a que hagan su retrato. Vive rodeada de bohemios que tienen esculturas tiradas por doquier —ella andaba descalza todo el tiempo, no se puede estar descalzo y feliz en la naturaleza con piedritas y bichos en el medio— y todo gira en torno a que es virgen y no se sabe con cuál de los personajes tendrá su primera vez. En verdad, todos lo sabemos desde la tercer escena pero como un as (falso) bajo la manga lo destapan en los últimos diez minutos. Está en el top 10 de las peores cosas del año.
Y por eso dormí poco. Y porque los gatos se peleaban en voz alta, se escuchaban sus cuerpecitos golpeando paredes y techos. Pero hoy cuando esperaba el 168 ni me molestó no tener cigarrillos desde ayer a la noche porque estaba todo nublado y además conseguí mi lugar preferido.
El problema es que me bajé en cualquier lado —tampoco sé bien por qué tuve esa fe ciega en el 168— y si bien estaba a 15 cuadras del lugar a donde tenía que ir, decidí tomar un colectivo porque la zona no era quizá la más adecuada como para que ande una criatura tan indefensa y blanda como yo. Además tenía zapatos y dos libros de la biblioteca en la cartera. Temí que si me los robaban no me creerían, eso me pasa por mostrarme emocionada cuando me los dieron. *
Podía elegir entre el 24 y el 70. Nunca había tomado ninguno. Dejé pasar dos 70 porque tenía tiempo y ganas y antipatía con el número. Me subí al 24, que en vez de frenar en la parada lo hizo veinte metros antes.
— Che, ¿vos sos vidente? — ¿Perdón? — ¿Sos vidente, vos? — (...) No. — Ah, porque vi que levantaste la mano pero como no venías justo estaba pensando 'Ahora cuando el semáforo se ponga en verde sigo de largo y no la levanto, que espere el otro'. Y en ese momento viniste, qué loco. — ¿Ah, sí? — Sí. La gente es tan vaga, no quiere caminar. Y eso que son un par de metros, no más. Pasa muy seguido, yo casi no te dejaba subir, qué cosa. — $1.20, por favor.
Idiota.
*Una vez, luego de recorrer Parque Centenario —creo— muy efusiva y expresando cuánto me gustaba todo lo que veía, Guillermo me recomendó que cambie la táctica. Entonces: Ah, no son feos estos sacapuntas, pero, hm, están rotos. Ahora los dos descansan sobre mi escritorio.
esta es una historia (casi) real. me la contó leandro, a él se la contó su abuela, ella la tomó de vaya dios a saber dónde. tanto va el cántaro a la fuente que al final lo violan (eso dice leandro) y de tanto repetirla la señora mayor a quien no le agrada que la gente la salude (la abuela) la terminó creyendo y desparramando por la ciudad.
había una mujer en una casa. la mujer se llama mabel y tiene muchos, muchos hijos. a la más pequeña aún la amamanta. sucede entonces que la familia se preocupa porque la niña está cada día más flaca. ah, qué estará pasando, por qué está tan traslúcida y delgadita, dios, qué hemos hecho.
entonces, un día, la luz:
la madre descubre que no amamantaba a su bebé, sino a una serpiente. y la bebé le chupa la cola a la serpiente y a duras penas consigue algo de leche. cosa seria, dios, pensó el padre, que estaba por ahí, quizá sentado en un cajón de frutas. tengo que hacer algo, cómo voy a permitir que este bicho horrible le chupe las tetas a mi mujer y deje a mi hija desnutrida.
entonces, el valiente esposo sacó un hacha. es harto común, o lo era en esa época, tener algunas desparramadas por el hogar. con uno, dos, tres, muchos golpes precisos y eufóricos trozó a la serpiente. y la leche comenzó a brotar de su cuerpo triturado.
leandro y mónica (su mamá) escuchan incrédulos. pero por favor, abuela, cómo va a ser cierto eso, además tan tarada iba a ser la mujer que no se da cuenta de la serpiente. pero ustedes dos, qué ofensivos, no era tarada, distraída capaz.
Efervescencia de las primeras fiebres, un calor bulle y puja de adentro hacia fuera, las gotas de sudor resbalando heladas a lo largo del cuerpo y para qué taparle la boca con paños mojados, nada se arregla así, de nada sirve el termómetro muerto sobre la mesa de luz.
Dos nubes como pájaros caminan del otro lado de la ventana. De rojo, caperucita; pálido, ojeroso, el pelo hecho una maraña, la espalda finísima, seca la voz, separados los labios, manos con dedos largos y uñas prolijas, pestañas arqueadas protegiendo los ojos así no se escapan —ilusas, tontas, como si pudiesen retener esa mirada esquiva—, las cejas cortas, el lobo feroz vestido de abuelita tierna y andá vos a decirle no a esa sonrisa hipócrita, a sacudir la mano cuando sin darse cuenta se trepa de un salto, apretando un poco, rasguñando sin querer.
Parece simple, de afuera el lago no es tan profundo ni la pena tan larga, pero desde ahí la respiración agitada en entrega periódica cada cinco segundos, ese aire tibio con aroma a café fuerte no puede siquiera imaginarse. Ni hablar del cosquilleo lábil, escucharlo hablar o ver la boca cuando se tuerce melosa, la pera apoyada sobre palmas abiertas o la carita de nene lindo, chiquito, tonto, acercándose despacio, tímido, suave hasta el hartazgo pero, joder, cada vez más cerca y vaya si se nota la diferencia. Ojos bajando por la línea del cuello, siguiendo la ruta del pelo largo, la electricidad de la impaciencia hasta que Julia, Mariana, las llamadas, Castelar.
Orejas largas, pelo ceniciento grueso, los colmillos filosos y por qué, te traje galletitas y toda esta montaña de tiempo para gastar entre sábanas desacomodadas y los chistes que no comprendo. Ayer a la noche, precisamente, conexión cósmica e imbécil, siempre sueño pero anoche reflejo inequívoco, justo ese, el peor de todos. La luz roja encendida tiñendo el cuarto de incendio, Julia riendo colgada de su espalda, el aliento sobre el cuello como vapor seguido por los dientes desgarrando furiosos los muslos, rodillas, hombros, colgada riendo y él tan dándose vuelta como si nada pasase, paño negro y aquí nada pasó de veras mientras la saliva enlodada caliente y espesa rueda hasta el pecho, la escalera a un lado de la cama y las paredes intactas porque caperucita, al fin y al cabo, tiene cuidado y se desinfla de a poco pero sin hacer enchastre así el lobo vuelve cuando quiera, vestido de abuelita, de tía, de italiano mulato o de nube corriendo a los postigos, a seguir jugando a perseguirla por el bosque mientras Mariana no está o Julia llegó con su amante, la muy bastarda.
Corretear hasta el cansancio, aferrar la cola del vestido, empujarla sobre el pasto, mascarle las orejas tirándole toda la palidez encima mientras las manos revoltosas sacan girones de tela roja y blanca que terminan enredados en los dedos —si al menos tardase un poco en sacudirlos, si la boca se permitiese descansar dos instantes seguidos en la misma parcela de piel—, piernas empujando las medias de lycra con urgencia, haciéndole cosquillas con las pestañas sobre el mentón, embistiéndola para que vuelva en sí, que regrese, aunque es tan linda con el cuerpo acá y los ojos en cualquier otro sitio remoto donde los demás no la encuentran aunque se deshaga en gritos, coordenadas falsas al viento, ahí donde ella lo encuentra a él, lobito manso, y deja que le envuelva la cabeza con los brazos, que la vea algo borrosa entre tanta niebla.
Después son más nubes espesas y un darse cuenta sin prisa y sin calma que se ha ido demasiado lejos en ese asunto de franquear abismos. Un rejunte de piernas desparramadas, labios hechos trizas temblando de algo más que frío, es sábado otra vez, otra vez Julia o Mariana o un banco de plaza y lo poco que importa que no haya nadie para acomodar ese desastre de mimbre roto y capita deshilachada. El único modo,la forma seria, extrema pero necesaria, terminar en blanco para ir llenándose de a poco, prepararse así la próxima cicatriza más rápido —siempre la próxima, el pervinox y las vendas—, así es el juego, no hay vuelta de tuerca que sirva, nada de quejas ni frases a media voz. Al fin y al cabo a ella le gusta tanto ese despoje absurdo por la inmutable atmósfera de sombras, lo efímero y oscuro, romper la esterilidad de la vida cotidiana en pedazos aunque estos sean incisivos y caigan de lleno debajo de su puño cerrado.
No quiero despertarte, todavía no es la hora. Dormí, vaga como sonámbula por los senderos del sueño mientras aguardo por ambos, con esta incomodidad prendida al pecho como escarapela en días patrios, el gancho pinchado un poco detrás de la camisa blanca sin planchar. Cuando el día se cuele por los pliegues de las cortinas y comiences a dar vueltas en la cama como larva ansiosa, ya nada podré hacer más que tomar tu mano, llevarla a la frente y mostrarte que al menos la fiebre es real. Pero eso ya no será relevante entre el estar deslumbrada, caer de boca al piso, descubrir a la sangre tentadora al principio y ácida después. Vas a recoger tus ropas, saliendo apurada con la turbación en el pelo largo sin peinar, antes de cerrar la puerta vas a fregarte los ojos en una última tentativa de negar que esa vacuidad sea el estar despierto y no ya la emoción, el jugar a las escondidas por la ciudad a cualquier hora, recorrer galerías hasta dar con la indicada. Por respeto, quizá por cierta pose demasiado solemne ante la nostalgia de cara al recuerdo estéril, te ahorrarás los gritos, inundando la sala con tu silencio sepulcral. Será peor no hacer ruidos, poder escucharnos claros mientras descubrís que nada me queda por decir, todo lo habrás adivinado al verme velando sin afeitar hace días, paciente, acariciando tu cuerpo sólo con los ojos. Será la hora en que caerán los biombos del espejo y los roles rotarán de nuevo a donde fueron asignados en un principio. Sabrás que de ese modo no sirve, de tan sencillo, de tan ahí al extender la mano pierde el valor, y vas a desaparecer llevándote enganchado en el brazo el suero, con las primeras luces del alba, dejándome en este cuarto de hospital, con esa nada incómoda atravesada en la garganta.
el sueño era muy largo, con retrospecciones complicadas de seguir, lagunas temporales y muy táctil. había una barbie con un vestido lila y plateado en una banqueta en la casa de mi abuela, que no era su casa. yo quería llevármela porque recientemente había encontrado unas cosas de polly pocket. no sé si al final me la prestaban o no, porque era de mi prima.
una fábrica rodeada de árboles. tiene una de esas maquinitas donde pones una ficha y poder mirar hacia largas distancias, sólo que estaba rota y los ojos de la máquina apuntaban al piso. pasto por todos lados, gente sí pero muy poca y todos concentrados en la puerta de la fábrica. una calle transversal pequeña y el mar.
al final estilo arco-iris una playa fantástica, con la arena fina y tibia, doradísima, uno le pasa la mano por encima apenas y hace ruido; y, además, el agua que es a veces verde a veces celeste, límpida, no ya con toda la basura encima ni del color marrón horrendo. todo exactamente así, los ojos alucinados apenas pueden captarlo. comienza a subir la marea, a subirsubirsubir y en verdad no quiero irme y subesubesube y cuando veo pasar delante mío (ya tenía la ropa íntegramente mojada y creía haber perdido una sandalia) un paquete vacío de cualquier cosa, admito que es tiempo de regresar. vuelvo, de todos modos, dos o tres veces. pero la playa, la otra, ya no está.
no sé qué hacer y tomo el colectivo, el 85 va por un lugar extraño. pasa por la sede de avellaneda del cbc y por lugares curiosos. somos menos de cinco pasajeros. yo sé, ellos saben, los otros también, que debíamos bajar en la parada anterior y no lo hicimos y mientras tanto mirábamos al suelo como buscando un lugar donde escondernos para que el chofer no se dé cuenta pero al fin y al cabo, él también lo sabía.
y suben dos mujeres y me miran mal y discutimos y yo siento que me duele la cabeza y ya no tengo ganas de hablar y lo único que se me ocurre para cortar con el debate que siquiera puedo seguir es decirles que tienen linda ropa, se quedan conformes y sonríen plácidamente. estúpidas. pero yo me despierto y la cabeza me sigue doliendo horrores.
acá es donde va una abultada serie de adjetivos calificativos que te describan —si sos muchacha- o una frase trillada que creas que te identifique -si sos muchacho- pero a mí no se me ocurre ninguna de las dos
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